Dos o tres gatos de altura
que en el cruce de alguna montaña
decidirán bajar
a beber
de la laguna.
Entre las rocas
con sus patas
tropezarán con un pedazo de madera
un cofre
lleno de agua
y los restos
de una reliquia.
Casi no advertirán
la presencia
de un hombre
que nada
escondido
en un cofre
de madera
que tres gatos de altura
llevarán
a su guarida.
Vamos a dar cien mil pasos hacia atrás.
Encontrando en el camino
toda clase de artefactos
colgando de los árboles
que brillan
sin descanso alguno
me avecino
lentamente
a ese oscuro pasaje
dónde crecen las amapolas
y duermen
el resto de los deseos.
De pie
he observado
la inundación
de mi habitación,
por un segundo
la inquietud
se vuelve novedad
y casi consiento animado
el regocijo y aleteo
de esos pájaros
cargados.
Me detiene
el agua en los pies
y el intenso frío
de toda la memoria
humedecida.
Es tan sencillo
voltear la esquina
y encontrar bajo la piel
esa densa operación
de la amargura
y la violencia.
Está muy cerca
la época del año
cuando parece
que es invierno
y verano a la vez,
y los recuerdos
ni son fríos
ni son míos.
Además,
sé ya el desenlace
de todas las historias
de esta época del año.
Yo nací renegado
de los silencios más pequeños,
me ha escupido el azar
y he caído
explorando
el área desierta
de esta región.
Tú no creces
muy lejos
de los matorrales
ni te acercas
demasiado
al mar.
Pero nada tiene que ver
mi caída
con tu cuerpo.
He esperado que el polvo
y la centuria con
las dagas imperiales
me atraviesen y
me arranquen
esa horrible costumbre
de estar mirando
siempre para atrás.
Odio levantarme
con el ruido
de mis sueños
inconclusos.
Todos esos
haces de luz
que te atraviesan
llegan hasta mí
casi un segundo después
me es imposible
dejar de admirar
esa hermosa figura.
Quizá allí
nace la esperanza
por esa embriaguez
y espesa niebla
te posean
casi un segundo después
me mientas.
Escribo en silencio
y entre la más densa
neblina
dos palabras solamente,
y las borro
con la lluvia
en silencio
y no olvido solamente.